Hace relativamente poco tiempo, en una charla sobre juegos con un buen amigo, me dí cuenta que con los tiempos que corren y nuestra edad marcando días en el calendario, se nos hace cada vez más complicado sentarnos frente a la PC/Televisor y dedicarle las horas que quisiéramos a nuestro gran y profundo amor: jugar videojuegos.

A medida que nos hacemos grandes la vida se revoluciona y las responsabilidades y deberes toman un poco el control de todo lo que nos rodea. Vamos perdiendo a cuentagotas esa pasión que nos corre por las venas – o al menos, la hacemos un poco a un lado -. Nos sentamos, sí, a conversar sobre nuestras antiguas épocas de jugadores, nos contamos qué juegos nos fascinaron de chicos y tratamos con todas nuestras fuerzas de recordar el nombre de algunos que nos marcaron a fuego pero se perdieron en el baúl de nuestra mente.

Repetimos una y otra vez esos cuentos fascinantes sobre los niños que alguna vez supimos ser y cómo cada pedacito de ese proceso que nos convirtió en jugadores fue un momento mágico y maravilloso. No importa qué cuenten los demás, nuestras historias siempre coinciden en cierto punto, juego, truco o en las épocas en las que nos juntábamos en el cyber a desplegar una partida en red. También en las travesuras juveniles de escaparse del colegio para jugar una partida de Counter o cómo nuestros amigos eran tanto mejores que nosotros jugando al Age of Empires. Momentos en los que la imagen del recuerdo se imprime en nuestra retina como si estuviésemos viéndola en ese preciso instante.

Escuchamos con atención esas voces que nos cuentan las hazañas de la época: cómo en su momento hicimos cosas que parecían imposibles e impensables; cómo fuimos construyendo con todo el cariño del mundo esos cimientos que nos hicieron los locos por los juegos que somos hoy en día. De la misma manera revivimos la forma en la que insistimos con toda la fuerza a nuestros viejos para que nos compren una consola o que nos armen una PC, y escuchamos el sonido del inicio del Sonic y sonreímos de lado. En el fondo, se siente ese dejo de melancolía; esa voz que, si bien no lo dice en voz alta, piensa “cómo quisiera volver a ese momento de mi vida”.

Sí, los tiempos son difíciles y ser adultos no nos ayuda ni un poco; tener que estudiar, trabajar o cumplir con otro tipo de obligaciones nos aleja bastante de eso que tanto nos gusta. Sin embargo, creo que a la vez nos acerca de otra forma, porque pensamos con anhelo en el momento en que podamos sentarnos a dedicarle aunque sea unas horas a ese título que tantas ganas tenemos de jugar.

Podemos hacer también que los videojuegos se adapten un poco a nuestro ritmo de vida; los vamos acomodando, moldeando, saboreando de a poquito y sintiéndolos mucho más propios y más personales de lo que fueron en tiempos pasados. Podemos decir que disfrutar de nuestro hobby siendo adultos es, a su manera, mucho más hermoso y provechoso de lo que era cuando estábamos atados a los designios de nuestros padres. Hoy tenemos la libertad de elegir lo que queramos, cuando lo queramos. El tiempo es traicionero, pero ¿quién no ha trasnochado para pasar un juego? ¿Quién no se ha levantado cuando la ciudad todavía duerme para darle una probada a un título recién descargado antes de que el Sol salga y, con él, las responsabilidades diarias?

Por suerte, los videojuegos muchas veces nos sirven de vía de escape cuando estamos pasando por malos momentos. La sensación de poder sentarnos a jugar después de un largo día nos remonta a aquellas épocas en las que volvíamos de la escuela, nos prendíamos a los juegos y eramos un tanto más felices con nuestra chocolatada y nuestras vainillas. ¿Quién necesitaba la siesta si Crash nos esperaba en la pantalla? “Esas cosas mejor dejárselas a los grandes”, pensábamos, y ahora nos encontramos a veces sacrificando esas horas por las cosas que queremos hacer.

Si se les pianta una mueca de sonrisa por lo que les voy a decir, es porque estamos en la misma sintonía: ¿Quién no ha cancelado planes, salidas o encuentros para quedarse jugando un rato más? Y si coincidimos en tener amigos jugadores, entonces ese es un pecado totalmente perdonable y comprensible. He pasado las fiestas pensando en cuál era el siguiente trofeo a sacar en Assassin’s Creed: Syndicate, he vuelto del cine a las 4 de la mañana y he revoleado mis cosas por el aire solo para compartir una partida de The Division. Sí, esas son las libertades que tenemos, esas son las libertades que aprovechamos con toda la adrenalina del mundo.

Creo que abandonar es cosa seria. Si los juegos nos pegan tanto, si nos hacen tan bien, si nos hacen reírnos, llorar, enojarnos y despegarnos un poco de la realidad que a veces se complica, están cumpliendo su función a la perfección. Para los que crecimos para jugar, no hay cosa más linda que terminar un juego con una sonrisa en la cara y algunas lágrimas en los ojos. Especialmente después de superar un poco la adversidad y la crueldad del tiempo, solamente porque un amigo nos recordó una vez que la vida es corta y hacer lo que amamos a contrarreloj es una de las cosas más importantes que tenemos. Es ese niño interior que nos recuerda todos los días que sigue ahí, esperando para disfrutar de esos recuerdos. Es ese momento maravilloso en el que recordamos una linda e importante lección para nosotros: Nunca dejes de jugar.

  • Mato

    Voy a iorar Ani <3

    Si es algo que se disfruta tanto, siempre se va a encontrar el tiempo para hacerlo, aunque sea unas horitas a la semana. No hay que dejarlo, solo hay que adaptarse. Never!!

  • Franco

    Que linda nota. Con la frase de la siesta y la foto de Crash – que creo que es del 2 – se me vinieron los recuerdos de las tardes jugando mientras todos dormían. Hoy me pasa todo lo que decís, en particular a los juegos los tomo como una actividad placentera que disfruto mucho como ver una película o leer. Para mi es estrictamente necesario hacerse el tiempo para disfrutar de esas cosas, así que algunas horas de la semana están reservadas para eso. (:

  • Axel de Sagastizabal

    Muy lindas tus palabras Ani. La verdad que sí, jugar me hace tan bien. Lo disfruto tanto, y saber que hay personas que lo viven igual es genial.

  • Nicolas Herrera

    Hermoso. Sólo eso 🙂

  • ezeriv

    Nunca dejaré de jugar… Recuerdo cuando aún tenía consolas (ahora sólo juego en pc) y tenía la playstation move, con un juego de ping pong. Mi viejo de 74 (juega al ping pong desde chico) se prendía HORAS, yo me iba a trabajar y el seguía jugando cuando volvía. Si bien tiene varias operaciones del corazón, ese ejercicio si lo podía hacer y era re gracioso verlo. Y me imagino siempre así. Yo juego con mi primo, y no creo que deje de jugar nunca, seguro lo haré por fuerza mayor, es decir, por algún impedimento físico de la edad.

    Con respecto a las obligaciones, llegó un punto de mi vida que directamente acomodé mi vida a las cosas q me gustan, así que, por suerte nunca tengo impedimentos para disfrutar de los videojuegos y espero, que en un futuro, mis hijos los disfruten conmigo.

  • Facundo

    muybue