A lo largo de mi vida me crucé con varios géneros de juegos que dejaron diferentes tipos de marcas en mi, ya sean positivas o negativas; pero su huella ahí quedó. Hay juegos que ni siquiera recordamos cómo se llaman o de qué tratan, y otros que nos marcan tan a flor de piel que recordamos sus escenas como si los hubiéramos jugado ayer, a pesar de que pudieron pasar más de 10 años (como cuando en Resident Evil 3: Nemesis, en un cuarto con escaleras dentro de la estación de policía, Nemesis salta por una ventana y te empieza a perseguir. CA GA ZO).

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Todos podemos relacionar sentimientos a los juegos y recordarlos, pero: ¿Eso puede cambiar? ¿Es posible odiar algo que nos apasionó tanto en algún momento?

El prejuicio con los juegos es el peor de los pecados que podemos cometer. “No juzgues a un libro por su tapa”, uno de los dichos más clásicos cuando hablamos de esto, es 100% preciso.

En lo personal, tengo que admitir que a mí me pasó con uno de los juegos que más adoré en los últimos años: Overwatch. Al principio, lo rechacé por ser de un género que no disfrutaba mucho, el de los FPS.

Me enamoré de ese juego del demonio de manera casi instantánea. No hubo un solo día en el que no me conectara para jugar durante un año completo. Al principio, jugaba con dos o tres amigos. Los primeros meses pasaron entre Quick matches y manqueos, tiempo después, al interesarme en jugar partidas competitivas (por skill rating, a.k.a. SR) empecé a buscar gente para armar un grupo fijo. Así, fui variando mis teammates, hasta dar con un team competitivo qué no funcionó, pero ese es un cuento para otro día.

 

 

Con el tiempo, el juego se fue volviendo más competitivo o try hard, y menos divertido: “juguemos hasta ganar una!”, irme a dormir furiosa si no pasaba, fumar como chimenea de la ansiedad. Hasta que un día en medio de una tormenta de odio y tilt me dije: ¿Para qué? El juego ya no me divertía y había dejado de jugar con mis amigos porque “no me daban SR”. Me convertí en una persona extremadamente tóxica y permití que el juego dejará de cumplir con su función principal: una actividad para distraerme, divertirme y relajarme. Lo abandoné casi instantáneamente y con mucho odio.

Obviamente, no dejé de tener necesidad de distraerme y relajarme… y curiosamente, reconsideré un prejuicio que tenía con otro juego, PlayerUnknown’s Battlegrounds (mejor conocido como PUBG). Gracias a la insistencia de varios amigos y conocidos, sumado a que había abandonado el juego que tanto tiempo acaparaba en mi vida (Overwatch), me decidí a comprarlo.

Previamente, me había dedicado a defenestrar ese juego: la estética, la caída de FPS, los servers inestables y el bug fest… No me veía jugándolo ni si me regalaban una key. ¿Qué pasó? Me encontré pagando 30 dólares por un título que amé a las 2 horas de jugarlo. Si bien el juego se centra en sobrevivir y estar concentrado, no se puede evitar reír y divertirse con amigos. Ahí mismo recuperé todo lo que había perdido hace tiempo: la diversión, la distracción y la relajación que me brindaban los videojuegos.

Hoy puedo afirmar que no importa lo que juegues, sino lo que el juego te devuelve y, en un gran porcentaje (y si el juego lo permite), la compañía. Nunca, nunca, nunca hay que dejar de divertirse, porque cuando eso pasa, es momento de tomarse unas vacaciones y colgar los joysticks por un tiempo, antes que pasar a ser Mr Hyde y odiarnos por eso.

Sobre la autora invitada: Este post es una colaboración de Kronopia. Streamer argentina, (Ex) jugadora competitiva de Overwatch, adoradora de estufas y adicta al friendly fire en PlayerUnknown’s Battlegrounds.

Pueden seguir a Kronopia en Twitch, Twitter y Facebook,
¡pero no se les ocurra invitarla a jugar juegos de terror! Por favor =P